Carta a la madre indecisa

Cuando tienes un bebé, el mundo se reduce a lo que sucede en ese momento, lo que le sucede a él, y un poco lo que te sucede a ti también. Es tan visceral todo, tan físico y palpable, que te ha salido de adentro – el hecho es innegable. Has tenido un hijo, has tenido una hija. O varios. Y ahora hay que cuidarlos. Hay que descubrir qué necesitan, cómo, cuándo, y ejecutar todo aquello que procure su supervivencia. Es instinto, es cariño, es concentración absoluta, es entrega. A mí me costó un tiempo llegar a asumir todos esos imperativos y procesarlos, un tiempo largo, y puedo decir tranquila que aquel día, en aquel quirófano frío, nació una pasión, aunque no la identificase como tal en seguida.

¿Cómo identificas una pasión que te requiere tanto, en cuerpo y alma, que no te da elección? Pues buscando la semilla y decidiendo regarla ahí, bien plantada, aunque haya que quitar bastante paja que crece a su alrededor todos los días. La paja de la mierda, literal y figurada, que limpias con inconcebible frecuencia. La paja del cansancio, que acecha pícara para cambiarte de humor todo el rato. La paja de la tarea pendiente, las cicatrices y marcas nuevas, la ducha que diariamente es postergada. Todo eso es paja. Porque lo que hay brotando es algo asombroso, difícil de describir, y que por eso, quizá, se ensalza como un todo – dejando a un lado que va de la mano de un grandísimo cambio y esfuerzo.

Y es que tener un hijo es intenso, sí; es agotador, sí; es bonito, sí; es quizá lo mejor de estar vivo, sí. ¿Cómo puede ser una sola persona tan diminuta todas esas cosas a la vez? No me lo creo, dirás. Y te entiendo. Porque es difícil de creer, de comprender si quiera, pero es real como el dolor menstrual. Y mi tarea hoy es tratar de transmitirlo con palabras, con imágenes, que te animen a animarte a emprenderlo, si es tu deseo y te parece que nunca es un buen momento.

Tener un bebé recién nacido es algo así como ver un amanecer en la playa. Te has tenido que levantar a las 5 de la mañana, hacer el esfuerzo, salir de casa, abrigarte un poco aunque después hará 40º a la sombra, caminar un trecho, y esperar. Pero cuando llega… aaahh… qué belleza. Cuántos matices. Qué paz. Te hace sentir pequeño, especial, privilegiado, frente a un inmenso universo de colores que te acaricia la piel y el alma. Sí, así es tener a tu bebé en brazos, besarlo, olerlo, amarlo. Es todas las emociones buenas a la vez acompañado de un sentido de propósito clavado en el pecho. Y un temor en miniatura que a veces se asoma para hacerte dudar de si estás capacitado para el empeño… Es mágico. Es emocionante. Es eterno.

Y digo que es eterno porque uno pierde el sentido del tiempo. Hay segundos congelados, cuando se te engancha al pecho, cuando te mira a los ojos, cuando ríe por primera vez con tus caricias, cuando te busca entre la multitud desconocida y te echa los brazos. El tiempo pasa, como siempre ha hecho, pero ahora importan unas horas que antes no importaban. Y después se detiene de nuevo, como si se hubiera quedado sin pila, a la una, a las dos, a las tres, a las cuatro… uf, qué noches más largas. Espera, ¿qué es esto que siento? ¿Esto que ahoga, que oprime el pecho? Cuando se enferma, cuando tose, cuando come raro, cuando le sube la fiebre por primera vez, cuando le salen granitos en la piel… duele tanto, da tanta rabia, es tan desafiante obedecer las órdenes del médico y “no preocuparte”. No queda otra, y así haces, hasta que un día está bien, y el mundo gira de nuevo en su eje, porque nuestro pequeño vuelve a ser el mismo terremoto de siempre.

Después esa etapa pasa, como todas, y llega otra. Nadie te puede decir cómo será porque no es igual para ninguna familia. Y habrá cosas que echarás de menos. ¿La barriga de embarazada? Yo no tanto. ¿El bebé que mamaba? A veces, desde luego era fácil llevarlo y traerlo y alimentarlo era menos enchastre, pero es que el de ahora dice palabras, y bromas, y me dice que me quiere, y me da besos grandes, pequeños, y con la mirada. Es un tesoro; se lo digo y él lo sabe, hasta cuando es un tesoro que se merece un buen castigo, es mi tesoro, y hace que nuestra vida sea abundante, rica, sabrosa y apetecible vivirla. Cambiante, atrevida. Mira cómo baila… cómo juega, habla, ríe, corre y pega. Mira, mira, que en un parpadeo será más grande y diferente, será más parecido a su padre si cabe, o a su madre, o a quién sabe.

Tu hijo e hija son amaneceres que tienes el privilegio de ver todos los días, de palpar, de fundirte con su belleza y amor inmerecido. Y todas las noches abrazar hasta el silencio, congelar los segundos, y ver en sus ojos lo asombroso de este mundo, hasta que se apagan y te dejan tiempo para volver a este universo tumultuoso y complejo del adulto.

Universo en el que nos cuestionamos los motivos por los que traer niños a este mundo tan triste. Y lo entiendo. Pero, ay, pero… “No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy”, dice el dicho. Y yo pienso lo mismo con este tema. Mañana no será más fácil que hoy, quizá todo lo contrario.

Un niño siempre te va a recordar que hay vida en el presente, que hay vida en el futuro, que hay vida y esa vida merece ser exprimida. Está en nuestras manos que estas vidas sean parte de un futuro de esperanza y convivencia, desde la más tierna infancia. Ánimo, hay vida después de un parto. Muchísima vida y alegría.

Un abrazo –

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