Una poesía para mi abuelo

Hace tan solo unos días fallecía mi abuelo materno en Madrid, después de 85 años y una vida vivida al máximo. Su nombre era Juan Blake, y para muchos, no solo su familia, fue una persona inolvidable. Con muchísimo dolor le decimos adiós, pero a la vez nos alegramos de que ya está en el mejor lugar.

Escribí esta poesía para despedirme y quería compartirla. Gracias a mi hermana Estefany por leerla esta mañana en su funeral. Con todo mi cariño, espero que os guste.

Un abrazo –

Para Grampa de Elisabet

Te quiero. Te recuerdo. Te echo de menos.

 

Te quiero.

 

Te quiero porque en cada ocasión que tuviste

me abrazaste,

me dijiste que me amabas,

me hiciste saber que era especial para ti.

Y sé que no soy única en esto,

que todos tus nietos nos sentimos así,

porque así era, no había que fingir.

 

Te quiero porque te quiero,

¿cómo no quererte, abuelo?

Cómo no sonreír ante tu recuerdo,

jugando con nosotros al UNO,

comiendo palomitas con mantequilla,

riendo hasta las lágrimas por aquella tontería,

contándonos historias de las campañas,

de aquella España oscura a la que viniste a traer Vida.

 

Te quiero tanto que no puedo decirte adiós,

pesa demasiado.

Así que te diré hasta luego, Grampa,

te veré en Casa, en el cielo.

Gracias por hacer de la tierra un lugar de paz,

de buenas noticias y encuentro.

Seguro ahora estarás tomando café con Pablo,

preguntando cosas sobre ese Apocalipsis tan enrevesado.

 

Te recuerdo.

 

Recuerdo tu sonrisa emocionada el día de mi bautismo,

y tu oración apasionada el día de mi boda.

 

Te recuerdo pionero y soldado,

de la tierra, pero sobre todo del Enviado.

Trazando mapas y estrategias de rodillas,

pues “¿quién soy yo?”, decías, “para esta misión tan gigantesca”.

Te recuerdo contento relatando las batallas ganadas,

las familias entregadas a Jesús,

las iglesias que nacían a orillas de tu esfuerzo,

y el de tantos otros que contigo cavaron, sembraron y levantaron

la bandera del Evangelio.

 

Te recuerdo también por los pasillos de aquel colegio,

proyectando las predicaciones de Billy Graham,

aquella tarde que yo misma, con ocho años, rendí mi vida

al amor irresistible de la cruz.

Amor del que fuiste ejemplo todos los días,

amor que ha edificado nuestra familia sobre la Roca,

el amor de Jesús, nuestra esperanza.

 

Como hizo Jesús, tú hiciste, Grampa;

como Él enseñó, tú caminabas.

 

Te recuerdo dando las gracias a Gramma por cada comida,

dándole la mano en el sofá, abrazándola con ternura.

Os recuerdo en el hospital tras el cáncer,

y pensar que yo quiero esa unión para mi vida…

Te recordaré siempre porque tenías grandeza

en las cosas pequeñas.

Porque la Biblia fue siempre

tu libro de cabecera.

 

Te echo y te echaré de menos.

 

Te echo de menos, qué duro estar tan lejos.

Echo de menos tus palabras de ánimo,

la claridad de tu mirada,

tu generosidad y presencia tranquila.

 

Echo de menos a mi grampa,

nuestro pequeño gran tesoro,

con sus vaqueros y polo,

su cinturón

y también sus cientos de corbatas.

Echo de menos a mi Gramma,

I love you, ojalá las palabras alcanzaran

 

Echo de menos la sencillez de tus mensajes,

como decías Nabu porque Nabucodonosor se complicaba.

Cómo explicabas que la voluntad de Dios no era un misterio,

era amarlo a Él primero,

y andar el camino según se desempolvaba.

Cómo agachabas la cabeza para orar y pedías “poder de lo alto”

para todas y cada una de las circunstancias.

Tan humano, tan real, y tan cercano.

Ése era mi grampa.

 

Voy a echar de menos verte abrazar a mis hijos,

y contarles cómo es crecer en Minesota.

¿Podemos ver las fotos de nuevo?

Cuéntame una vez más cómo es casarse con una metodista siendo bautista,

y los coches que tuviste,

cómo es traficar con Biblias en la Europa comunista,

y proyectar películas en las plazas de toros de toda España.

 

Muchos te recordarán como pionero y evangelista,

pero yo hoy prefiero recordarte con ternura,

con un poco de sal y pimienta,

un apretón fuerte de despedida,

y una frase que marca nuestras vidas:

We love you.

Ojos arriba, Elísabet. Ojos arriba.”