11 años

El 2 de septiembre fue nuestro 11º aniversario de casados y lo celebramos a nuestra manera: comiendo, riendo, recordando y hablando de qué esperamos para el próximo año.

He escrito bastante de mi vida como madre, pero hoy espero poder contaros de mi vida de mujer casada. No mucho, que tampoco sé muy bien qué contar, pero la ocasión lo merece y allá va.

Me enamoré con 18 años, me casé con ese mismo chico a los 21, y hoy, con 32, tengo dos hijos con él. Esa frase suena muy ideal, pero no recoge más que cifras y hechos públicos, es información pero es completamente insuficiente para conocer nuestra relación o su estado actual, pasado o futuro. Estamos juntos, sí, pero ¿cómo estamos…?

Cansados.

Sí, he hecho un chiste. Estamos cansados porque tenemos dos hijos que consumen toda nuestra energía por el día. Estamos cansados de no dormir muchas horas por la noche. Esta etapa es así.

Físicamente cansados. Emocionalmente contentos. Espiritualmente desafiados.

Para el cansancio hay poco remedio; nos quedan unos cuantos años de niños correteando y revolviendo todo sin pausa. La suerte es que de noche duermen bastante, confiemos en que seguirán por ese camino.

Para las emociones esta etapa es igualmente intensa. No me gusta la palabra “felicidad” porque me resulta vaga y vacía, como una burbuja de jabón que rápidamente se explota dejando manchitas en donde se posa. Prefiero hablar de la alegría y el contentamiento, de la risa y sorpresa que nos regala esta etapa cada día. Ayer, por ejemplo, Jean Luca dijo “despasito” a la vez que nosotros bailábamos y cantábamos en la cocina haciendo el café, y fue imposible reprimir la carcajada y continuamos la fiesta a ver si lo decía otra vez – ¡y lo dijo! Anécdotas así cientos, seguro que si tienes o has tenido un hijo de esta edad sabes de lo que hablo. Es ternura pura, risa asegurada a la par que repetición constante y algún que otro susto y cabreo. Así todo mezclado, como un buen coctel de vida. Y qué rápido se pasa. Esperamos poder exprimirla al máximo. Y recordar lo bueno, que lo malo – el desorden, el estrés, el suelo sucio, que no se quede quieto para cambiarle el pañal…- es anecdótico.

Me encanta cruzar la mirada con Ezequiel y sentirnos cómplices de la magia de tantos momentos irrepetibles e íntimos. Me encanta mirar a Ezequiel todo el tiempo que lo tengo delante porque no es solo un hombre guapo, es mi hombre, que ya no es más un adolescente determinado, es un hombre sabio, cariñoso y divertido. Es mi compañero, mi amigo, mi amante, y el padre de mis hijos. ¡Y qué padre!

¿Cuál es vuestro secreto?”, nos preguntaron una vez. Creo que acabábamos de celebrar el 8º aniversario. En aquel momento, siendo honesta, no supe qué decir. Ahora se me ocurren varias cosas que detallo a continuación:

  1. No tenemos secretos.
  2. Nos divertimos mucho juntos.
  3. Compartimos una vida espiritual activa y real.
  4. Tenemos espacio para desarrollarnos personalmente.
  5. Nuestro matrimonio no se cuestiona, se cuida.

La lista no está en un orden de importancia, sencillamente me ha salido así.

No tenemos secretos, somos honestos el uno con el otro, somos auténticamente como somos – yo en pijama hasta la una del mediodía y él adicto al fitness (de todas las adicciones del mundo, creo que he salido ganando ;)). Es lo mejor del mundo. Y así nos amamos, tal cual somos.

Nos divertimos mucho juntos. Esto va a sonar muy cliché, pero es cierto: nadie me hace reír como él. Yo también puedo ser graciosa, pero sobre todo porque digo siempre mal los refranes o me invento expresiones. Reímos, bailamos, disfrutamos un buen gintonic o un kilo de helado. Para eso no necesitas nada más que una buena actitud, y eso le ponemos.

Nuestra vida espiritual no tiene normas ni prácticamente ningún rito, pero sí algunas disciplinas que conservamos como familia. Asistimos a la iglesia los domingos (Hillsong Buenos Aires), consultamos todas nuestras decisiones con Dios pidiendo que guíe nuestros pensamientos y pasos diariamente, y buscamos en la Biblia la Verdad que trae fuerza a nuestras vidas para enfrentar lo que venga. Le agradecemos a Dios cada cosa ya que sabemos que no viene de nosotros; si algo tenemos es porque Él nos lo ha dado. Si algo nos falta, Él lo sabe, llegará a su debido tiempo. Hablamos con Dios juntos y por separado, sin Él sería imposible entender nuestra relación y qué nos ha mantenido unidos todos estos años.

El desarrollo personal es fundamental. Cada uno tiene su vocación, y aunque están muy próxima la una a la otra, se desarrollan de forma individual. Él me apoya con cada cosa que escribo, lo lee, me da su opinión, me corrige, me anima, me impulsa a ser mejor. Yo intento hacer lo mismo con sus proyectos, sus monólogos y castings. Miramos hacia adelante juntos e invertimos en aquello que nos ayuda a crecer. El crecimiento individual resultará en crecimiento de la pareja, ¿lógico, no?

Y por último, el matrimonio no se cuestiona, se cuida. Concebimos el hecho de separarnos solamente con la muerte. Todo lo demás es cuestión de esfuerzo, comunicación y humildad. Esto da para un post entero, me parece, así que no profundizaré más ahora.

Pues sí, 11 años son muchos años, y a la vez solo el comienzo.

Y vosotros, ¿cuál es vuestro secreto? Me encantaría saberlo, ¡por favor compartid en los comentarios!

Gracias por seguir ahí. Espero que os pueda inspirar para continuar invirtiendo en vuestras relaciones y aspirar a un amor para toda la vida. 

Un abrazo –

2 thoughts on “11 años

  1. Como siempre. Es maravilloso leerte.
    Eres una escritora admirable porque en tus palabras sobre todo hay una calidez y una humildad que no puede ocultarse.
    Y por supuesto y hablando del asunto en cuestión. Es maravilloso veros, felices, luchadores y siempre juntos.
    Nuevamente, os quiero mucho.

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