Autosuficiencia: el gran engaño

La vida de pareja sin hijos es una. La vida con un hijo es otra. Y la vida con dos hijos es de todo menos aburrida.

Recuerdo una época de mi vida en que yo me bastaba sola para prácticamente todo. Salía y entraba a mi antojo. Cumplía mi horario de trabajo. Dormía lo que convenía, según las circunstancias, unos días menos y otros hasta las 12. Comía bien, pero si un día no había mucho para comer y estaba sola, con una patata cocida, atún y mayonesa era una reina. Estaba casada, sí, pero nuestra relación siempre fue de acompañarnos y disfrutarnos, no de cumplir horarios y tareas.

Todo eso cambió cuando nació Jean Luca.

Durante el primer año hemos aprendido a ser padres. Eso implicó una gran adaptación después de 10 años haciendo vida de una manera cómoda. Primero, obvio, dormíamos menos. Estaba cansada todo el tiempo. Salir de casa nos llevaba 15 minutos cuando antes llevaba 2 (es que el bolso nunca está del todo listo…). Los primeros meses que era bebé, lo llevábamos de aquí para allá, pero cuando descubrimos el mundo de las siestas a horarios programados, volvimos a tener un poco de descanso, pero menos ganas de salir a cualquier hora. Ahora que tiene un año y 8 meses me lo pienso dos veces antes de apuntarnos a un plan fuera de casa más tarde de las 21 hr – si no hay otra persona que se va a ocupar de él, prefiero no ir, no merece la pena, el pobre se pasa de rosca y no tiene energía, se pone muy pesado y al final no disfruta nadie, ni él ni nosotros. La verdad es que lo llevo bien, hacemos planes en casa, donde puedo acostarlo a su hora, él descansa y nosotros disfrutamos. Nos adaptamos.

Con Jean Luca podía ir al supermercado, a la frutería, a dar un paseo, en metro al centro para la consulta del médico, hasta fui una vez al museo. Todos los días soleados íbamos al parque, o en autobús a casa de una amiga a jugar. Era cansado, pero se podía.

Todo esto ha cambiado de nuevo con la llegada de Romeo.

Creo que sobra bastante la explicación, jaja, sencillamente es complicado y agotador, no diré más. Y no lo digo a modo de queja, espero por favor que no suene así, sino para explicar algo más esencial que también ha cambiado en mí, para bien.

¿Te pasa que a veces estás más rato intentando salir de casa que fuera de ella? A mí sí. El carro doble, bendito cacharro gigantesco, hace posible que salga con los dos, y salgo bastante, pero también diré que Romeo duerme casi todo el tiempo y Jean Luca tiene pasión por el columpio/hamaca, así que va del carro al columpio y no le tengo que perseguir por ningún sitio. Felicidad. Veremos cómo sigue la historia cuando Romeo empiece a sentarse… (¡la mujer pulpo! no, gracias).

Y digo parque porque todavía no me he atrevido a ir al supermercado con los dos sola. Too much. A la frutería sí, pero una compra rápida.

¿A dónde voy con todo esto? A que ya no me basto sola. Prácticamente no estoy sola nunca tampoco, jeje. La constante compañía de los niños tiene momentos maravillosos, únicos, inigualables y que conservaré en mi corazón para siempre, pero también tiene sus grandes dificultades. Cocinar es posible si Romeo está dormido o tranquilo en su hamaca y Jean Luca está viendo los dibujos. Si no, es imposible, o francamente desquiciante. Por las mañanas, si veo que Jean Luca está tranquilo jugando solo, me pongo en modo corre-corre-corre para lavar platos, poner lavadoras y prepararme para salir antes de que se canse. La mayoría de las veces no sucede, queda todo pendiente para después, simplemente jugamos juntos, me lavo los dietes evitando que meta las manos en el water y no me peino. El objetivo es salir, disfrutar juntos, da igual mi atuendo.

Tener dos niños tan pequeños a mi cargo me ha hecho menos autosuficiente y más consciente de mi necesidad de otros – necesidad que se ha transformado en bendición. A aquellas amigas que se ofrecieron “si algún día necesitas algo, llámame” – las he llamado, han venido y hemos disfrutado mañanas juntas cuidando niños. A la frase “si quieres me paso un rato” la respuesta siempre es sí. Sí, por favor, ven, no necesito estar más tiempo sola del que ya estoy con ellos. Y como ya conté en el post del nacimiento de Romeo, cuando nos ofrecieron hacernos la comida para toda la semana, la respuesta fue “sí, muchísimas gracias”. Cuando la familia ofrece llevarse a Jean Luca un rato a jugar, la respuesta también es “sí, ¡qué buena idea!”. Toda ayuda es bienvenida, aprovechada al máximo, y muy agradecida.

¿Por qué no somos más así en general? ¿Por qué no somos una sociedad que se ayuda y se deja ayudar de forma natural? Creo que uno de los factores es la ciudad. Cuando uno vive en un pueblo conoce a todo el mundo y los niños se crían todos juntos, como en manada, o al menos eso me contó mi padre. Las madres sabían las unas de las otras y se pasaban la ropa, las cosas, las comidas, e incluso la teta se compartía, jaja. En la ciudad yo estoy rodeada de familias, pero no las conozco y ellas no me conocen, ¡no podemos ayudarnos por el simple hecho de que no nos conocemos! Qué pena, ¿no?

El otro factor es que somos una sociedad que ensalza el individualismo y critica al que no se basta por sí solo o necesita ayuda – es una carga. Ese pensamiento se ha impuesto en nuestra cultura y ha hecho que pedir ayuda nos dé vergüenza. “¿Qué pensarán de mí si ven que hoy no me he peinado, mi ropa está toda arrugada y mi hijo lleva tres días comiendo pasta?”. Desde aquí mi humilde opinión: que nos dé vergüenza es una estupidez. La realidad es que el 100% de las personas en tu situación están igual o peor que tú, o han pasado por un periodo similar, así que te entenderán y estarán encantados de reírse contigo de la escasez de tu aseo personal, ¡es parte de la vida de padres! Juntos es mejor, siempre.

Concluyendo: ser madre de dos hijos me ha hecho de nuevo un poco rebelde. Yo me rebelo, una vez más, contra lo impuesto y practico la anti-autosuficiencia: miro mi vida, veo las áreas en las que necesito ayuda, la pido, y la recibo con alegría y agradecimiento. Desde aquí te animo a que hagas lo mismo. No quiere decir que siempre la reciba, la gente tiene su vida, pero el 50% de las veces sí, ¡y ese 50% es una diferencia enorme!

¿Por qué cargar con más de lo que puedes cargar? ¿Por qué hacer algo en soledad con desgana si lo puedes hacer con alegría en compañía?

No lo hagas.

Pide la ayuda. Acepta la ayuda.

Y después, cuando llegue el momento, sé la ayuda que otro necesita. 😉

Un abrazo –

One thought on “Autosuficiencia: el gran engaño

  1. ¡Siempre es mejor con ayuda! Recuerdo la vergüenza que me daba pedir ayuda a los s demás…hasta que aprendí a disfrutar de los regalos en forma de ayuda que me regalaban amigos y familia. Mucho mejor todo, más disfrutable, menos costoso. Y super dispuesta a dar toda la ayuda que he recibido y disfrutar de serlo. ❤

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