Cuando una puerta no se abre

cuando una puerta no se abre

¡Hola solecitos! He escrito varios post sobre la importancia de no rendirse, de ir a por lo que uno se propone, cómo superarse o encontrar buenos hábitos para una vida más satisfecha. Pero hay un tema que sigue pendiente y es qué hacer cuando una aplica todo eso, se esfuerza al máximo, le pone toda la energía, y aún así las cosas no salen para nada como cabría esperar.

¿Qué hacer cuando no se dan las cosas como nos gustaría y no nos queda más alternativa que seguir esperando?

¿Y cómo hago para esperar y no deprimirme y frustrarme cada segundo de cada día? Pues es una buena pregunta.

Desgraciadamente no hay fórmulas mágicas para estas situaciones tan indeseadas y a la vez tan comunes. Pero sí creo que hay cierta magia en saber que estamos todos igual en algún punto: todos nos fijamos un objetivo, elaboramos una estrategia y planes para conseguirlo, nos esforzamos y sacrificamos cosas para alcanzarlo, e inevitablemente esperamos que las otras piezas del engranaje que no dependen de nosotros, se muevan y podamos decir “lo conseguí”.

Si ya hemos hecho todo lo que estaba en nuestra mano y la puerta/ventana/camino siguió sin abrirse; se nos están desgastando los nudillos de tanto llamar; la energía se está agotando y transformando en duda; y la sombra de la frustración comienza a hacernos compañía… hemos llegado al momento de giro, ¿se dará o no se dará?

La respuesta muchas veces es que no, no se da, lo digo por experiencia. No sé si os pasa como a mí, que un día me levanto con mucha energía y una idea fija en la cabeza, una idea medio loca, pero creo que es lo que tengo que hacer y confiar en que si Dios quiere, se podrá dar. Yo sé que en última instancia no depende de mí, así que me aplico al máximo, le saco unas horas al día y lo hago. Estoy contenta, esperanzada, positiva. A veces es solo mandar un mail con una petición, escribir una sinopsis, un post, una llamada, una búsqueda… y después lanzo la pelota al tejado de otra persona a ver qué respuesta obtengo. Estoy tranquila, si no pasa nada, bueno, no pasa nada, pero ¿y si pasa? Esa energía me dura unos días, una semana, sobre todo si obtengo una respuesta positiva, me puede durar más. Pero después sigue pasando el tiempo y no se concreta nada, la respuesta queda en el aire, el “quizá” se pierde con las lluvias y cambio de temporada, y siento que esa oportunidad pasa sin pena ni gloria, y aunque sé que no me debo desanimar, me desanimo, no lo puedo evitar.

Y cuando estoy desanimada, en fin, es más difícil llevar a cabo cualquier tarea o pensar en nuevas formas de creatividad que me ayuden a pasar este valle y volver a encontrar la energía para tener otra idea y continuar en positivo. Es difícil encontrar el enfoque correcto en el que fijar la mirada para querer continuar.

Entonces, ¿qué hacer?

Para mí lo primero es identificar el foco de mi frustración. A veces estoy distraída pensando que lo que me tiene mal es mi situación económica o que estoy harta de ver el suelo de la cocina sucio aunque lo limpie todos los santos días, pero tengo que parar un momento y reflexionar. Esto no lleva mucho, y me doy cuenta que el origen de mi desánimo está en esos emails que no han sido contestados, en los que invertí varias horas de trabajo, y que sencillamente parece que fueron en vano. ¿Fueron en vano? Señor, ¿para qué me permitiste invertir esas horas de trabajo en eso si no iba a servir para nada? ¿Por qué me dejaste entusiasmarme tanto con esa idea que objetivamente era obvio que no se iba a dar?

¿Tienes tú, lector, la respuesta? ¿No? Yo tampoco.

Así que, una vez que encuentro el foco, lo reviso brevemente y evalúo la situación. ¿Hay algo más que pueda hacer? ¿Hay algo que pueda hacer mejor? Quizá sí, quizá no. Quizá no sé, jaja, esa también es muy posible.

Y entonces elijo confiar.

Suelto mis preocupaciones y no dudo de mis capacidades. Y entonces sucede algo nuevo, y es que al dejar de estar desanimada, surgen nuevos caminos e ideas que transitar. Mientras el desánimo nubla mi vista, no puedo continuar porque no veo nada. En el momento en que me desligo de la situación y no dejo que ataque mi autoestima, vuelve a “fluir” una nueva energía y paz.

Es cuestión de actitud, sí, pero quería contaros cómo atravieso yo esos momentos de bajón para animaros, porque sé que no es fácil, sé que es tremendamente agotador en muchos casos, y que además puede durar largos periodos de tiempo. Pero hay que perseverar. ¡No hemos nacido para fregar platos! 😛

Esta semana me ha llegado un email de respuesta a aquellos que mandé hace unos meses que habían quedado en la nada. De nuevo me veo ante una situación que requiere un esfuerzo extra, una inversión de tiempo y salir de mi zona de confort, y sé que quizá vuelva a quedar en la nada. Y qué queréis que os diga, no estoy pletórica de energía, pero no me voy a quedar con la duda – lo voy a hacer, lo voy a intentar.

Y vosotras, ¿qué vais a hacer?, ¿lo vais a intentar también? Espero que sí. Y que me contéis qué tal.

Un abrazo –

2 thoughts on “Cuando una puerta no se abre

  1. Creo que para mi la clave está en la última frase que has escrito: “pero no voy a quedarme con la duda”. El “no” ya lo tenemos, si no lo intentamos. Pero vale la pena intentar todo, siempre, para no quedarnos con ese amargo: ¿y qué podría haber pasado?

    Ánimo, valiente!

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