Un año sin gas

Un año sin gas

Parte de nuestra experiencia aquí este último año ha estado marcada por la ausencia de un recurso habitualmente presente en ciudades desarrolladas: el gas.

Para poneros en antecedentes, en junio de 2015 nos mudamos a un piso (departamento) precioso en el barrio de Belgrano R. Para nosotros fue un milagro total no solo encontrarlo sino el precio del alquiler que negociamos. Así que, pleno invierno, a la semana de estar aquí instalados, anunciamos que estaba embarazada de 3 meses. Mucha emoción, felicidad y asombro por un desenlace tan feliz a una situación tan complicada, ya que encontrar un piso de más de una habitación en una zona buena de esta ciudad por un precio asequible era y es horriblemente difícil (por no decir imposible).

El invierno era frío pero en casa se estaba fenomenal. Hasta twitteé sobre lo bien que funcionaba la calefacción, para que os hagáis una idea. El chorro de agua caliente que salía de la ducha era maravilloso, y preparar un baño relajante con espuma se convirtió en un pequeño lujo asequible para mi cada vez más embarazado cuerpo. La cocina de gas también iba fenomenal, el horno era grande y pude hacer mis primeras galletas… Suena bien, ¿no? Sí, porque lo era.

A finales de septiembre, un día de lluvia como muchos otros, fuimos a prender el fuego y no funcionaba. Ezequiel se quiso dar una ducha, pero el agua estaba fría. Qué raro, ¿qué habrá pasado? En cuestión de minutos nos enteramos de que habían cortado el gas.

“- Pero, ¿cuánto tiempo?

– No sabemos.

– ¿Y qué ha pasado?

– Alguien llamó denunciando una fuga. La empresa vino y cerró la llave. Ahora hay que averiguar si hay pérdida, de dónde viene y arreglarlo. Así que…”.

Así que no se sabía, pero no parecía inmediato. Mi total desconocimiento de estos procesos me mantenía tranquila. ¿Cuánto podemos estar sin gas, un día? A Ezequiel en el trabajo le auguraron meses sin gas, mínimo seis, pero nos negábamos en rotundo a creerlo. ¿En serio? Solo llevábamos dos meses y medio en el piso. Y hacía frío. Solo podíamos cocinar con la thermomix. Ducharse era impensable. Pero esto no puede quedarse así, lo tienen que arreglar, ¿no?

Gracias a la generosa provisión de la familia, rápidamente nos prestaron un camping-gas y una ducha eléctrica, que aunque precariamente, algo calentaba. A la semana llegó una ola de frío y la dueña nos prestó un calefactor chiquitito al que si te pegabas bien y no salías ardiendo, pues eso. Después de un par de semanas le dijimos a la dueña que nos comprara unos anafes eléctricos para cocinar porque no podíamos estar comprando garrafas de gas cada tres días. Y bueno, empezamos a vivir en “modo adaptación”, orando que se arreglase pronto y volviera la bendita normalidad que tanto habíamos disfrutado. La verdad, parecía que iba a ser rápido…

Os ahorraré los detalles administrativos, reuniones de vecinos, gestores que vienen y van, gasistas que hacen mal su trabajo, y una empresa proveedora de gas que tiene el monopolio y no tiene ningún interés en acelerar el proceso. A esas alturas yo entraba en el tercer trimestre, y no quería perder la esperanza pero,… las vecinas empezaron a decir que ojalá tuviéramos gas para cuando naciera el bebé en enero 2016. ¡Cuatro meses sin gas! Really? Really, yes, really. Y más. Porque llegaron mis últimas citas médicas y la cosa estaba paradísima. Eran las fiestas, el verano, elecciones generales en Argentina: va a ser que no, amiga, va a ser que la ducha sigue fría.

“Y cuando llegue el bebé, ¿qué vais a hacer?”. Buena pregunta. “¿Y por qué no os mudáis?”. Espera, que me entra la risa. La verdad, mudarse embarazada de 8 meses no era una prioridad, sobre todo porque el piso nos encanta. Y también es que todos los meses decían que estaban a punto de arreglarlo, y nosotros lo creíamos. Ingenuos, totalmente.

En verano la situación fue mucho más llevadera. Ya no tenía remedio, así que cambiamos el chip. Ahora tocaba disfrutar de ser papás y disfrutar la visita de mis padres, que aunque alguna ducha fría se dieron, nos bendijeron mucho con su cariño y ayuda las primeras dos semanas de recién paridos.

“Pero tampoco puede ser tan grave”, estaréis pensando algunos. Depende, define grave. Obviamente nadie se estaba muriendo, gracias a Dios, pero sí era una situación incómoda, y que cuando llegó el frío, por marzo, era un rollazo. Cada noche calentaba 3 litros de agua en una kettle o pava eléctrica para bañar a un bebé, y que, según se fue alejando el otoño y llegando el invierno, en la casa hacía frío en serio, más frío dentro que afuera. Los techos son altos, así que en vez de un perro, Jean Luca y yo teníamos un caloventor (ventilador que da aire caliente) que nos seguía por todas partes.

Cuando llegó mayo, yo empecé a desesperar. 8 meses sin gas. Estaba harta de darme duchas rápidas, de salir a un baño congelado, e igualmente harta de preguntarle a la gente si me podía duchar en su casa… Harta de no saber si Jean Luca estaba suficientemente arropado o si se iba a enfermar cada noche por el frío que hacía en la habitación. Harta de ver la cocina de gas transformada en encimera (mesada) y no saber qué hacer para que la situación avance. Harta de ver pasar obreros y de que el administrador diga que falta poco. Ezequiel también estaba harto. Y ese hartazgo se nos atragantaba cada día, transformado en frustración, enfado, tristeza, indignación, insatisfacción y finalmente resignación. Cada día era más difícil pensar en positivo. Resumiendo, el invierno se convirtió en una estación muy larga.

13

Junio no se terminaba nunca.

La nueva esperanza ya no era que volviera el gas, era el viaje a España. Teníamos billetes para viajar el 29 de julio. Tantas ganas tenía de que llegara, taaaaaaaantas. Poder abrazar a mis hermanas, a mis padres, a mis amigas, a mis amigos, a los hijos de mis amigos, a mis tíos y primos, y que todos ellos conozcan a Jean Luca; el calor, la playa, Madrid y sus rincones conocidos, comer rico todos los días, salir, dormir más, disfrutar con mi marido, duchas calentitas,… ¿a que parece un sueño? Lo era, lo necesitaba. Necesitaba salir de mi realidad porque ya no era tanto por no tener gas, sino que estaba atorada mentalmente.

Necesitaba recuperar perspectiva y claridad. Porque se puede vivir sin gas, se puede vivir con mucho menos de lo que yo tenía y tengo, pero no se puede vivir sin alegría, sin energía, y sin ánimo. Y sabía que en España iba a poder cargar las pilas, iba a poder relajarme y recuperar fuerzas para enfrentar de nuevo otro año sin gas o lo que viniera.

Gracias a Dios así fue, el sueño se hizo realidad y volvimos a Buenos Aires después de 5 semanas de mucho amor y mucho descanso. Volvimos a una casa sin gas, pero con un corazón recargado, y en nuestro cuerpo las huellas de un sol muy disfrutado. Volvimos a nuestra realidad bonaerense con un niño que cada día es menos un bebé y más un niño. Volvimos al baño de agua templada, pero en nuestra mente aún resonaban las risas de las sobremesas familiares y el alma llena de gambones a la plancha, pulpo, jamón ibérico y queso manchego… (jaja, perdón, pero me da mucha felicidad la comida). La vida sigue en “modo adaptación”.

Mediados de Septiembre. Anuncian que la empresa distribuidora de gas hará una inspección. ¿Puede ser real? ¿Vendrán? Sí, vinieron. Y le hicieron firmar un papel en blanco a mi marido. Pero es que yo creo que nos habríamos tatuado algo si con eso nos devolvían el agua caliente… ¡por favor!! Bueno, me calmo.

¡Noticia! Tres días después, ¡tenemos agua caliente! ¡¡¡¡¡!!!!! ¡Qué maravilla!!! ¿Y calefacción? No, no te pongas ansiosa, solo agua. Pero ¡bendita agua caliente! He de decir, hay pocas cosas más placenteras que una ducha de agua hirviendo a chorro loco por la espalda… quema, ay, sí, que queme, que me deje marca, así no me olvido nunca de lo privilegiada que soy de tener esta bendición con tan solo girar una palanquita en forma de estrella.

Que no me olvide nunca de que soy de ese ínfimo número de personas en el mundo que tiene esto todos los días… ¿y cuántas veces lo agradezco? Muchas menos de las que debería.

Que no me olvide nunca de los tres litros de agua hirviendo que he calentado todas las noches durante nueve meses para bañar a mi hijo, porque solo han sido nueve meses, otros muchos se bañan con agua fría (y sucia…).

Que no me olvide nunca de que ahora friego con guantes porque se me congelaban los dedos al fregar y me salían heridas en la piel de lo fría que estaba el agua, porque tantos ahora y siempre no tienen ni cacharros que fregar, ni comida que comer, y mucho menos agua caliente potable que les sale de un grifo con un solo gesto.

Que no me olvide nunca de que si bien no he tenido gas un año, he tenido un hogar, luz eléctrica, aire caliente, he tenido más mantas de las que puedo usar, y agua potable, fría, pero potable, que puedo beber sin enfermarme con tan solo abrir el grifo.

Tenemos tanto y tan solo vemos lo que no tenemos. Eso he aprendido… o espero haber aprendido. Porque aún me quejo todos los días de muchas cosas, pero espero no hacerlo, espero recordar esto, y que cada vez que abra un grifo vengan a mi mente estos recuerdos, y pueda darle vuelta a la queja y transformarla en gratitud.

Gratitud por una vida llena, una vida muy fácil, y que cada día puede ser plena. Tan solo hay que desterrar la queja, elevar el agradecimiento y enfocar la mirada. Jamás pensé que diría esto…

Gracias Dios por un año sin gas.

12

Algún día volverá la calefacción, seguramente en verano cuando ya no haga falta, jaja. Algún día volverá el gas a la cocina y volveré a cocinar con fuego. Mientras tanto sigo cocinando con lo que tengo, tratando de recordar que lo que marca la calidad de una vida no son las dificultades, sino la forma en que una las enfrenta. Y que si algo quiero enseñar a Jean Luca es que tenemos mucho más de lo que nos merecemos, mucho más de lo que necesitamos, y es nuestro deber recordarlo, ser generosos y agradecerlo. Ojalá mi historia os inspire para hacer lo mismo y no tengáis que vivir algo parecido para aprenderlo.

Solo tenemos una vida que, con o sin gas, puede estar llena de fuego. Que queme todo lo malo y que quede lo bueno. <3

Un abrazo –

6 thoughts on “Un año sin gas

  1. Eli…me ha tocado el corazòn…todas las cosas que parecen malas traen un aprendizaje enorme…lo bueno es saber reconocerlo. Gracias por compartirlo y hacerme “recordar” que tengo agua caliente y potable. Te quiero!

  2. Guau, i totally got you. Me identifico muchísimo con esa frustración, así como con tu reflexión.. yo también tengo que recordarme día a día que aunque quejarnos es algo un poco natural, no hace falta abrir mucho los ojos para darnos cuenta de que no tenemos nada por lo que quejarnos de verdad.
    Love you, you’re like an inspiring machine that doesnt even stop for a second jiji

Comments are closed.