La “ropa sucia” de Europa

Me encanta viajar por dos razones: 1 – me encantan las vacaciones, relajarse y cambiar de aires; 2 – me encanta descubrir otros lugares, sabores, culturas, escondites… El planeta Tierra me parece un lugar impresionante y bello, y cuanto más conozco, más me asombro. Y no solo de lo grande, como los rascacielos o los acantilados frente al mar, sino también de lo pequeño, como las ovejas que pasean tranquilas por el monte vasco llenando el verde de lunares blancos. Me encanta.

 

Viajar tiene algo de bueno para el alma, la ensancha, la llena, la nutre. Al menos la mía, se ve muy enriquecida por la certeza de que no en todos lados se piensa, come o ríe de las mismas cosas, ¡somos muchos y muy diversos! Eso me hace ser más agradecida. Cuando viajo me doy cuenta de que muchas personas viven en condiciones mucho más difíciles que yo, pero mucho, mucho más difíciles. Cuando trato de comunicarme en otro idioma o pagar en otra moneda, agradezco mucho que me tengan paciencia… y después hago lo posible por tener paciencia cuando alguien se me acerca a preguntar en mi lugar de residencia. Es una por mí, una por ti. Estamos todos en la misma, la de querer descubrir y disfrutar lo distinto. ¿O no? Bueno, no sé si todos. A algunos no les llama la atención… Lo cierto es que, en cualquier caso, viajar requiere valor, y aceptar cierto grado de incomodidad a la par que disfrute.

No te digo ya instalarse en otro país y tratar de hacer vida normal. Llevo un año y medio viviendo en Buenos Aires, y hoy mismo me han tomado el pelo en una tienda de cosas de bebé porque no sé los nombres de las cosas, muy majo el hombre, sí, graciosillo… Y es que no, no soy de aquí, o de acá, como dicen ellos. No tengo acento, solo he adoptado unas cuantas expresiones :). Hago lo que puedo por camuflarme, pero siempre acaba saliendo. Ya no me sorprende ni incomoda, es normal que alguien me pregunte de dónde soy y qué hago aquí. El argentino es curioso y simpático, la mayoría quiere saber porque les gusta España y les sorprende que alguien quiera mudarse a Argentina desde Europa. Ay amiga, si supieras las vueltas de la vida…

Viajar abre la mente. Uno deja de simplificar las cosas. Las cosas, la vida, el mundo y sus mecanismos, no son sencillos. Voy a decirlo otra vez: no son sencillos, son tremendamente complejos. Nada de lo que se lee en un periódico o sale por televisión es casualidad, hay una agenda que cumplir, hay una motivación tras cada noticia y la forma en que se comunica. Hay muchas personas interesadas en que no nos hagamos preguntas y vivamos sin cuestionar lo (supuestamente) evidente. Pero yo no puedo. Yo cuestiono mucho, primero a mí misma y mis motivaciones, y después las de los demás. No sé si por formar parte de una familia multicultural, por haber viajado o por una cuestión de principios, pero una y otra vez me encuentro a mí misma preguntándome “¿y esto por qué?”. Muchas veces no hay respuesta aparente, pero otras tantas encuentro ésta: el mundo está corrompido, las personas tienen motivaciones tremendamente egoístas y las consecuencias de todo ello están a la vista.

A cuento de qué viene todo esto, te estarás preguntando…

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A que me parte el alma la llamada “crisis de los refugiados”, y me revuelve el estómago escuchar que algunos en mi país no están dispuestos a ayudar por las razones que sean. Me parte el alma ver a esas familias con sus vidas a cuestas cruzando fronteras bajo auténticas tormentas naturales y humanas. Nadie debería pasar por eso. El planeta tiene recursos para alimentarnos a todos. En todos los países desarrollados hay miles de viviendas vacías. Si estas dos últimas afirmaciones son ciertas, ¿por qué pasa lo que pasa?

Silencio. Dolor. Reflexión. Respuesta.

En el corazón de cada ser humano hay una voz que suplica ser escuchada y clama para que seamos compasivos y generosos con aquellos que ahora no tienen nada. NADA. Esa voz es audible para muchos que extienden su mano, se manifiestan, hacen recogida de alimentos y recursos para financiar proyectos de ayuda. Pero para otros esa voz está tapada. Es como si la voz fuera el teléfono móvil que vibra bajo un montón de ropa sucia, sucia de miedo, de ignorancia, de egoísmo, de superioridad moral, de desprecio… El teléfono vibra y vibra, pero nadie lo siente, está aplastado y oculto. Pero está ahí. Hay que meter toda esa ropa en la lavadora.

en el corazón

No es culpa del que no ha viajado, no solo viajando se aprende a ser generoso con el desconocido, también la Historia nos enseña que los que antes andábamos vagando por el continente europeo éramos los españoles, mendigando trabajo y rogando al cielo que no mataran a nuestros seres queridos en las cárceles del franquismo. Hace tan poco de eso, que se me cae la cara de vergüenza al escuchar los comentarios de los necios que ahora no quieren abrir las puertas a los refugiados, ¿en qué nos hemos convertido? ¿Cómo puede haber tanta ignorancia tan solo dos o tres generaciones después? Y aunque no hubiera sido así, igual daba, no existe razón alguna que impida que los países desarrollados se hagan cargo de unos cuantos miles de personas que huyen de la muerte y traen en las pupilas necesidad de esperanza.

No digo que sea sencillo o que yo tenga la fórmula para que se solucione la crisis, ojalá la tuviera. Es profundamente complejo. Lo que sí tengo es una voz que clama pidiendo que haga algo, que manifieste mi disgusto e incredulidad frente al rechazo que estas personas están sufriendo. Me gustaría hacer más.

Que mis palabras lleguen en forma de detergente y agua, para lavar la suciedad que aplasta el corazón humano y lo priva de compasión. Sin ella perdemos nuestra humanidad y nos convertimos en máquinas egoístas y ciegas, que niegan su parte de responsabilidad ante un mundo roto.

Paz para Siria.

Un abrazo –