Un corazón sabio

De entre los textos bíblicos que más han marcado mi vida se encuentra este de Proverbios capítulo 4.

Adquiere sabiduría, adquiere inteligencia, no te olvides de ella ni te apartes de las razones de mi boca; No la abandones, y ella te guardará; Ámala, y te protegerá. Sabiduría ante todo, ¡adquiere sabiduría! Sobre todo lo que posees, ¡adquiere inteligencia! Engrandécela, y ella te engrandecerá; te honrará, si tú la abrazas. Un adorno de gracia pondrá en tu cabeza; una corona de belleza te entregará. (Versión Reina Valera 1995)

Es un llamado al conocimiento, al estudio, a la humildad, al reconocimiento de que siempre habrá algo nuevo que aprender, y que el fin de todo ello es bueno. Es más que bueno, es el camino para una vida que nos honre, una vida que atraiga belleza y deje una estela de gracia a su paso. Me lo imagino casi como el polvito mágico que van dejando las hadas a su paso (obviamente estoy pensando en Tinker Bell, 🙂 , que ya sé que no existe, pero entendéis el concepto).

¿Por qué digo que me ha marcado? Porque alcanzar sabiduría siempre ha sido para mí una aspiración importante, aún cuando no sabía muy bien en qué consistía. Recuerdo que de pequeña me impresionó mucho la historia de Salomón, el hijo del rey David, que pudiendo pedir cualquier cosa, pidió sabiduría (lo puedes leer en 1ª Reyes cap. 3). Eso no evitó que cometiera errores (algunos de ole tú, levantarte y aplaudir…), porque la sabiduría no es garantía de nada, seguimos siendo 100% humanos = 100% vulnerables a motivaciones incorrectas.

Por eso mismo me parece aún más inspirador el final de este capítulo de Proverbios, que termina dirigiéndose en el mismo tono a otro área de nuestro ser:

Sobre toda cosa guardada guarda tu corazón; porque de él mana la vida.

De poco serviría el conocimiento adquirido y la experiencia si no va acompañado de un corazón transformado e inundado de amor. Inundado porque no brota de mí, viene de afuera. El amor que Dios derrama sobre mi vida cada día y cada noche, cada vez que no sé hacia dónde tirar, cada vez que me desoriento, cada vez que me cuesta avanzar. También cada vez que celebro una alegría y disfruto el momento. Y también todos esos ratos entre medias cuando parece que no pasa nada. La Biblia nos anima a adquirir inteligencia y sabiduría, y a la vez nos recomienda encarecidamente que guardemos nuestro corazón, ¡“porque de él mana la vida”! No manan los sentimientos, los buenos actos, la solidaridad, o la generosidad solamente. El corazón también debe ser sabio: de él mana la vida.

Si nuestro corazón está herido, decaído, encerrado tras una pared de hormigón de 3 metros de grosor a buen recaudo de cualquier contacto, rodeado por una red de indiferencia, o endurecido por demasiados golpes, ¿cómo será la vida que de él mana? Si nuestro corazón está enloquecido y se deja llevar por cualquier corriente emocional, tampoco creo que dé como resultado una vida que nos satisfaga, más bien acabará estrellado contra alguna pared dolorosa…

Para mí una vida de sabiduría no es una vida perfecta, es más bien lo contrario, una vida compleja, llena de acertijos y de encrucijadas. El sabio sabe que las cosas no van a suceder “porque sí”, todo conlleva un esfuerzo y tiene un precio. La sabia sabe que en esta vida las cosas no sucederán como uno quiere, habrá tiempos de espera, incertidumbres, y momentos de gran dolor. El sabio también sabe y disfruta otros muchos momentos de profunda felicidad, de armonía, de satisfacción, de conexión con otros, y de amor que sobrepasa todo entendimiento. La sabia descansa en un Dios que quiere su bien; no su felicidad, sino su bien.

Miro atrás para aprender. Camino hacia adelante sin temor. Fortalezco mi corazón guardado en los principios de un Dios de amor. Filtro mis decisiones mediante la sabiduría de ese mismo poder que me ayuda a entender el/mi mundo y sus circunstancias. Y anhelo para ti y para mí un corazón rebosante de vida. Ese es mi desafío cotidiano. ¿Cuál es el tuyo?

¡Que la sabiduría te acompañe! 😉

Un abrazo –